Hoy les hablaré de las heridas con las que cargamos. Son muchas, ¿no?
Cada que caminamos el peso nos entierra y nos lleva al subsuelo, nos mete por catacumbas que pocos han conocido y así experimentamos la depresión.
Así se siente para mi, un peso inimaginable que nos hunde, y nos hunde y nos lleva a un viaje al cual no queremos ir, como cuando éramos pequeños y teníamos que visitar a esa aburridísima familia lejana que nos dejaba sin ganas ni de dormir.
Así, sin ganas de dormir o con mucho sueño, con ganas de comerse todo o no comer nada, con ganas de suicidarse, con ganas de gritar, llorar.
Y ahí vienen las heridas. Sean reales o no están. Son marcas que tenemos de por vida de ese momento en el que estuvimos profundamente deprimidos, donde no pudimos con todo el peso que nos tría la vida y ¡PLOP! nos desplomamos.
Algunos, como yo, se cortan y se autohieren. Este impulso automático nos calma (momentáneamente, la caída posterior es peor), es como la marihuana que hace creer que te hace bien: PERO NO. Te hunde más y más.
Las heridas nos acompañarán siempre, en forma de cicatrices o recuerdos, pero estarán ahí para recordarnos que un día fuimos tan valientes de sobrevivir a la depresión.
¡Fuerza amigos! Que la alegría los acompañe.
D.
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